Sí, de nuevo he olvidado este blog. Más que olvidado, debería decir apartado, porque no tenía ningún tema del que hablar. Ahora, sin embargo, creo que lo tengo.
¿Qué tema es? Harry Potter, qué si no. Tan infantil y cliché como pueda sonar, es eso de lo que quiero hablar. Porque, no tengo otra forma de decirlo, con este final se me escapan esos años de infancia que nunca he querido dejar ir.
Harry ha estado conmigo desde que he sido capaz de tomar decisiones por mí misma. Ron me ha acompañado durante ese viaje que es la adolescencia y el camino a la madurez. Hermione ha sido mi compañera en el aprendizaje de todo lo que significa madurar. Y, con ellos, muchos otros han estado a mi lado en este largo camino que parece que llega a su fin. La profesora McGonagall, Dumbledore, Neville, Luna, Seamus, Dean, Lupin, Tonks, Fred, George, todos los Weasley, James, Lily, Snape, Bellatrix, Sirius... Cada mago, bruja o muggle ha sido parte de estos años que se me han ido entre los dedos sin que me diese cuenta.
¿Cómo puedo explicar esa sensación que me recorre al pensar que... Ya no hay más?
Tal y como Harry, Ron y Hermione tuvieron que dejar atrás su niñez para convertirse en los adultos que el mundo mágico les exigió que fuesen, yo debo dejar atrás la feliz inocencia infantil para ser lo que este mundo quiere, necesita y requiere que sea.
He crecido sin darme cuenta. He madurado sin darme cuenta. Y ya en mí no hay espacio para juegos de niños o historias de fantasía.
A quién quiero engañar... Sí lo hay. Hay espacio, siempre lo habrá, lo que no hay es posibilidad de que ese espacio sea relleno. El ser adulto no permite que rellenes ese espacio con cuentos, historias y juegos, porque... Son cosas de niños.
¿Y si quiero ser una niña para siempre? No quiero crecer, nunca he querido. No quiero dejar atrás ese mundo de magia y hechizos, no quiero abandonar Hogwarts para entrar en el mundo muggle. No quiero olvidar todo lo que he vivido allí.
Todo empezó con ese libro de lomo amarillo, con aquella portada en la que un niño de pelo revuelto y una cicatriz en forma de rayo en la frente, montado en una escoba persigue una pequeña pelota dorada con alas, a la vez que un unicornio galopa por la orilla de un lago cristalino, en cuyo centro se alza un castillo en el que un perro de tres cabezas ladra a la luna. Harry Potter y la piedra filosofal. Curioso título. Estaba frente a mi primer libro sin dibujos, y no podía imaginar que algo tan insignificante formaría parte de mi vida durante tanto tiempo. 245 páginas después, ya no había vuelta atrás.
Ahora, después de más de 11 años, la magia ha llegado a su aparente fin. Tengo que decir adiós a algo que ha formado parte de más de la mitad de mi vida.
Gracias, Jo Rowling. Gracias, Harry, Ron, Hermione. Gracias, Dumbledore, McGonagall, Snape, Sprout, Trelawney, Lockhart, Lupin. Gracias, James, Lily. Gracias, Neville, Fred, George, Ginny, Dean, Seamus, Cho. Gracias, Cedric, Krum, Fleur. Gracias, Dobby, Winky, Kreacher. Gracias, Norberto, Hedwig, Crookshanks, Errol. Gracias, Molly, Arthur, Bill, Charlie, Percy. Gracias, Moody, Tonks, Sirius. Gracias, Voldemort, Bellatrix, Draco, Lucius, Narcisa. Gracias a todos, por enseñarme tantas cosas que nunca quiero olvidar.
Ahora, y casi 12 años después, sólo puedo decir una cosa.
Travesura realizada.
