"Inútil."
"No sirves para nada. Nunca haces nada bien."
Basta...
La voz escupe sus palabras envenenadas con una sonrisa torcida que no deja tregua a quien van dirigidas. A mí. Cada sílaba arde. Cada sílaba se clava en ese trozo de mí que aún las escucha aunque sabe que no debería hacerlo. Nunca ha sido mi especialidad hacer lo que se espera de mí. No me importa.
Sí me importa.
"Nadie podría quererte nunca. Es inútil que lo intentes, es simplemente patético. Pensar que alguien como tú merece un buen trato es de estúpidos. Estúpidos como tú. Porque es lo que eres, y lo sabes."
Cállate...
Aquella figura delgada, mi figura, se tapa los oídos en un futil intento de protegerse de las heridas que la otra persona parece experta en hacer. Esas heridas que nunca parecen cerrar.
"Alguien como tú no puede soportar la verdad, pero vas a escucharla... Te guste o no. Tendrías que haberlo hecho antes, tendrías que hacer lo que te dije. Tendrías que haberme hecho caso. Pero nunca escuchas. Sí, piensas que eres quien lo sabe todo, piensas que puedes hacer cualquier cosa; cuando la verdad es muy diferente. No sabes hacer nada. No puedes hacer nada, por mucho que te esfuerces."
No necesito oírte...
Aunque sé que es cierto. Sé que todo lo que dice es cierto, pero nunca lo admitiría. No necesito más desprecio que el que se vierte sobre mi persona. Caigo de rodillas, mi cuerpo inclinado hacia delante en un intento de hacerse lo más pequeño posible. Mis brazos rodeándolo, para sostener los pedazos de un corazón que se hace añicos entre mis dedos.
"Sí, lo necesitas. Me necesitas. Quién sabe dónde estarías de no ser por mí. Quién sabe qué habrías hecho. Qué no habrías hecho. Entre nosotros, yo soy tu sentido común. De estar a solas, sólo poblarían tu cabeza esos mundos que sólo existen en ella."
Es mi mundo...
No puedo soportar que humille mis mundos. No puedo permitirlo. Mis dedos avanzan a ciegas hacia esa sombra frente a mí, que no callará mientras viva. Crispados, mis dedos resbalan sobre la pulida superficie del objeto que encierra a mi peor enemigo. Cierro los ojos con fuerza, hasta hacerme daño. No hay remedio, las lágrimas ya se han desbordado. Hundo los dedos en mi brazo, justo en esas marcas amoratadas que coinciden exactamente con ellos.
"¿Intentas deshacerte de mí? Sabes que eso no es posible..."
Te odio...
Basta. Con un golpe que resuena en la habitación, arrojo todo mi peso contra la lisa superficie frente a mí, consiguiendo que se resquebraje. No siento el dolor, no me importa el dolor. Otro golpe. Crujidos. No sé qué se rompe. Golpes. Más golpes. El tintineo del cristal, algo se clava en mis manos. No puedo verte. Dirijo mi mirada a uno de los fragmentos a mis pies, salpicado de carmesí.
"Sabes que siempre que puedas ver tu rostro... Estaré ahí. No puedes escapar de mí."
"No sirves para nada. Nunca haces nada bien."
Basta...
La voz escupe sus palabras envenenadas con una sonrisa torcida que no deja tregua a quien van dirigidas. A mí. Cada sílaba arde. Cada sílaba se clava en ese trozo de mí que aún las escucha aunque sabe que no debería hacerlo. Nunca ha sido mi especialidad hacer lo que se espera de mí. No me importa.
Sí me importa.
"Nadie podría quererte nunca. Es inútil que lo intentes, es simplemente patético. Pensar que alguien como tú merece un buen trato es de estúpidos. Estúpidos como tú. Porque es lo que eres, y lo sabes."
Cállate...
Aquella figura delgada, mi figura, se tapa los oídos en un futil intento de protegerse de las heridas que la otra persona parece experta en hacer. Esas heridas que nunca parecen cerrar.
"Alguien como tú no puede soportar la verdad, pero vas a escucharla... Te guste o no. Tendrías que haberlo hecho antes, tendrías que hacer lo que te dije. Tendrías que haberme hecho caso. Pero nunca escuchas. Sí, piensas que eres quien lo sabe todo, piensas que puedes hacer cualquier cosa; cuando la verdad es muy diferente. No sabes hacer nada. No puedes hacer nada, por mucho que te esfuerces."
No necesito oírte...
Aunque sé que es cierto. Sé que todo lo que dice es cierto, pero nunca lo admitiría. No necesito más desprecio que el que se vierte sobre mi persona. Caigo de rodillas, mi cuerpo inclinado hacia delante en un intento de hacerse lo más pequeño posible. Mis brazos rodeándolo, para sostener los pedazos de un corazón que se hace añicos entre mis dedos.
"Sí, lo necesitas. Me necesitas. Quién sabe dónde estarías de no ser por mí. Quién sabe qué habrías hecho. Qué no habrías hecho. Entre nosotros, yo soy tu sentido común. De estar a solas, sólo poblarían tu cabeza esos mundos que sólo existen en ella."
Es mi mundo...
No puedo soportar que humille mis mundos. No puedo permitirlo. Mis dedos avanzan a ciegas hacia esa sombra frente a mí, que no callará mientras viva. Crispados, mis dedos resbalan sobre la pulida superficie del objeto que encierra a mi peor enemigo. Cierro los ojos con fuerza, hasta hacerme daño. No hay remedio, las lágrimas ya se han desbordado. Hundo los dedos en mi brazo, justo en esas marcas amoratadas que coinciden exactamente con ellos.
"¿Intentas deshacerte de mí? Sabes que eso no es posible..."
Te odio...
Basta. Con un golpe que resuena en la habitación, arrojo todo mi peso contra la lisa superficie frente a mí, consiguiendo que se resquebraje. No siento el dolor, no me importa el dolor. Otro golpe. Crujidos. No sé qué se rompe. Golpes. Más golpes. El tintineo del cristal, algo se clava en mis manos. No puedo verte. Dirijo mi mirada a uno de los fragmentos a mis pies, salpicado de carmesí.
"Sabes que siempre que puedas ver tu rostro... Estaré ahí. No puedes escapar de mí."
La persona que más te odia es aquella que te devuelve la mirada en el espejo.
