Melt
02:31Es la misma situación. Mientras yo vuelvo a intentar transcribir al papel esas palabras que se resisten a dejar mis pensamientos, sé que tu divertida mirada no deja de seguir el garabateo de mi pluma ni un instante. Eres paciente, demasiado paciente. Tanto que prácticamente me haces perder la poca paciencia con la que yo cuento.
- ¿Te divierten mis esfuerzos?
Una risita es tu única respuesta, lo que me hace plantearme más seriamente de lo que debería lanzarte algo que sé que ni va a rozar tu incorpórea silueta. Qué más da de todos modos, el objetivo es aliviar mi frustración.
- Yo no lo encuentro en absoluto divertido, o entretenido, ¿sabes? - Digo mientras frunzo el ceño y te lanzo una irritada mirada. Una de esas de las que la gente dice que asustan, pero que a ti parece divertirte aún más.
- Pero lo es. Todo está en tu cabeza, y lo sabes.
- Si se queda ahí dentro no me sirve de mucho, ¿sabes?
Deja de reír, por amor de Dios. No sé qué te hace tanta gracia, si lo que pretendo hacer es escribir sobre ti, y no puedo. ¿No deberías al menos ayudar?
Bajo mi atenta mirada, examinas lo que he conseguido escribir hasta el momento, indicándome cuándo pasar la página. Mientras lo haces, puedo mirarte tanto como desee, puedo memorizar los contornos de tu espalda encorvada sobre el escritorio. Puedo admirar la fuerza que parecen irradiar tus manos apoyadas sobre la brillante madera barnizada. Puedo descubrir las suaves curvas de los músculos de tus brazos, el perfecto arco de tu cuello. Puedo imaginar el tacto de tu pelo negro contra la suave piel de tus mejillas. El brillo perspicaz y casi juguetón de esos ojos azules que reconocería en cualquier parte. Tus labios, curvados en la misma sonrisa que me habías dedicado antes.
Y no hago más que pensar. Pensar, desear. Desear que estés aquí, desear que mis manos puedan memorizar por sí mismas cada músculo de tu espalda. Desear abrazarte, desear sentir tus brazos a mi alrededor. Desear que mis dedos se enreden en tu pelo, desear que mis labios puedan acariciar libremente tu suave mejilla.
La sensación de un roce en mi frente me devuelve a la realidad, dándome cuenta de que estás inclinado sobre mí y rozando tus labios contra mi frente.
- No me gusta verte llorar.
¿Cuándo...? Mi mano se eleva hasta mi mejilla para comprobar que, efectivamente, está húmeda. Ni siquiera me había dado cuenta... Pero, ahora que me has distraído de mis pensamientos, puedo sentir ese peso en mi corazón que lo oprime y que hace que mis ojos se vuelvan a llenar de lágrimas. Veo tu rostro preocupado, y no puedo evitar la sensación de culpabilidad que me invade. No me gusta preocuparte, odio mostrar mi debilidad de una forma tan obvia y patética, pero...
- Pero yo te quiero... - Como si aquello lo arreglase todo. Como si fuese razón suficiente para que las cosas cambiasen.
- Te amo. No lo olvides. - Odio esas palabras. Significan que te vas una vez más. Significan que no sé cuándo volveré a verte, ni si volveré a hacerlo. Significan que tengo que volver a cuidar de que ningún pedazo de mi corazón se pierda, pues te pertenece en su mayor parte.
Más lágrimas humedecen mis mejillas e invaden mis labios de ese sabor salado que desearía no volver a probar jamás.
- Por favor...
Date prisa. No me dejes. Quédate conmigo. Ven conmigo. Vuelve. No te olvides de mí.

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