Uno de esos días

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Hoy, es uno de esos días. De esos en los que quiero correr, huir, volar, alejarme de aquí. Esos días en los que lo único que necesito es ser libre, gritar. Hoy, es uno de esos días en los que no puedo soportarme, a mí, a este ser en el que me he convertido. Definitivamente, uno de esos días, de esos en los que no consigo lo que necesito.

Y no lo soporto. La presión de las expectativas me aplasta, aplasta mi personalidad. La tensión de la perfección tira de mi alma y la arrincona en un lugar oscuro, donde ni un rayo de luz puede alcanzarla. La sociedad, los edificios, el aire. Todo me mata poco a poco, consume mi fuerza y mi energía. Se la lleva poco a poco, hasta que ya apenas queda un resquicio de lucidez que me habla a voces al oído. Que me dice que esto está mal. Que esto acabará peor.

No me importa. No puedo encontrar la fuerza que un día me empujó a rebelarme contra lo que conocía, contra lo que no me gustaba. Se ha desvanecido, o quizá se esconde de alguien que no sabría qué hacer con ella. No me importa. No me importa. Lo repito una y otra vez, para hacer de esas palabras una realidad. Mi realidad. No me importa.

Apenas me doy cuenta de que estoy caminando. ¿Hacia dónde? No lo sé. Una de esas obligaciones que plagan mi día a día. Cumple tus objetivos. Cumple los objetivos de otros. Consigue estar a la altura de lo que se espera de ti. Obedece. Nada hay fuera de la obligación. El tiempo libre es un engaño, la ilusión de que aún somos individuales. No somos más que individuos atados al colectivo por cadenas de hierro.

Cada paso es un peso más sobre mi espalda. Cada pensamiento me ata más a este lugar que tanto desprecio. Cada impreso en el maletín que portan mis manos es una sentencia. Una sentencia de vida eterna en un lugar en el que la muerte sería mejor que el día a día.

No lo soporto más. Basta.

Huyo. Apenas noto que mis pasos se aceleran. Ya no camino. Corro. Me precipito por las calles. En algún momento he soltado mi maletín. No pienso volver a buscarlo. El aire silba en mis oídos. En un movimiento automático, me deshago de mi abrigo y lo arrojo a un lado. No lo necesito. Mi camisa se pega ahora a mi cuerpo. Paso las manos repetidas veces por mi pelo para devolverlo a su desorden natural.

No sé cuánto tiempo llevo volando por la ciudad. Cada bocanada de oxígeno arde en mis pulmones. No recordaba cómo era correr. No recordaba esta sensación. Los edificios desaparecen, ya estoy en las afueras. El verde prado que hay antes del bosque me llama, tira de mí con unos brazos cálidos, tan diferentes a las frías manos de acero de la ciudad a mis espaldas que deseo ir más rápido para llegar a él.

Tropiezo. Caigo. Mis músculos gritan que me detenga, que tengo un límite. No me importa. Me volveré a levantar tantas veces como sea necesario, porque estoy huyendo. No hay tregua para los que huyen. Sigo corriendo, inconsciente de que mi cuerpo cambia. Mis músculos cambian. Mi cabello cambia. Incluso mi rostro muestra una expresión felina que había olvidado tiempo atrás. Abro la boca para gritar, y lo que abandona mis labios es un rugido de libertad. Al fin. Soy yo. La fuerza ha vuelto a mí. Mi alma se expande y busca la armonía que le fue arrebatada.

No podrán atarme nunca más.

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