El palacio.

16:16

Una vuelta. Lenta, deliberadamente lenta. De espaldas, despacio, un pie tras el otro, en una danza sin coreografía. La mirada alta, hacia los bellos frescos que decoraban el techo abovedado de la estancia. Los ojos, deleitándose en la belleza de la formas, en los dorados de las molduras. Los oídos, sordos al barullo de la multitud y su incesante parloteo. Las manos, extendidas a ambos lados del cuerpo, la palma hacia abajo, como en un amago de postura de baile. Una vuelta más, más amplia que la anterior. Y otra. Una más… Vueltas que le llevaban por todo el salón, cada paso descubriéndole la belleza infinita del arte plasmado en cada centímetro de aquella enorme habitación.

De repente, un golpe. Su avance, o quizá retroceso, se vio detenido por la colisión con una de las decenas de personas que bailaban, conversaban y reían en aquella reunión. El hechizo se había roto. Seguía habiendo belleza en las pinturas, pero la magia que las unía y que le impedía desviar la mirada de ellas se había desvanecido como la luz del crepúsculo al atardecer.

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