Alas.

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Volaba. Sí, era cierto... Finalmente volaba. No sabía cómo ni por qué, pero sentía su cuerpo surcar las corrientes de aire del cielo; sentía unas inmaculadas alas en su espalda, manteniéndola estable. Muchas veces había intentado imaginar cómo debía ser aquella sensación, la de viajar por el cielo como un ave, pero aquello... Era inefable. No había palabras posibles que pudiesen decribir lo que sentía cuando su rostro era azotado por el viento. No había expresión que retratase la sensación de los músculos de sus alas al adaptarse al cambio del viento. De todos modos, qué más daba. Incluso aunque fuese capaz de entontrar palabras que lo explicasen, ¿quién la creería? ¿Qué tipo de loco creería que ella, ella, había volado? Más aún, que tenía alas. No, era imposible.
Probando sus nuevas alas, decidió adentrarse más aún en las corrientes que las sostenía y pasó de unos vientos a otros, realizando giros y piruetas. Siempre lo había sabido. El aire, el cielo, eran su elemento. Nunca había sido tan grácil, nunca se había movido con tanta elegancia como en aquel momento. La sensación era tal, que no pensaba dejarla escapar jamás. Cada vez que volara, sentiría lo mismo que aquella vez, la primera vez que se había elevado sobre la ciudad, sobre los campos, sobre las carreteras.
Suavemente, se dejó caer, plegando sus blancas alas sobre su espalda hasta que las plumas más largas le hicieron cosquillas en la piel. Sintiendo su vaporoso camisón ondear alrededor a sus piernas, supo que ganaba velocidad gracias al viento que golpeaba su cara con fiereza. Hacía tiempo que tenía los ojos cerrados, simplemente dejándose llevar por la fuerza de la gravedad que la atraía con más y más velocidad hacia la tierra que tanto aborrecía.
Cuando abrió los ojos... Una vista familiar la saludó. El techo de aquella anodina habitación de hospital volvía a estar allí. Al igual que el día anterior. Y el anterior. Como llevaba estándolo semanas. No, aquello no era como aquel cuento del que decían que era el más corto que jamás se había inventado: "Cuando despertó, el dinosaurio seguía allí." No. El dinosaurio no seguía allí. Sus alas no seguían allí. En su lugar quedaba un angustiante vacío que hundía su ilusión. La sensación del viento en su rostro desaparecía, ya no quedaba nada de ella.
Con un suspiro, bajó sus delgadas piernas de la cama y se ayudó de la mesita de noche para ponerse en pie y avanzar despacio y tambaleante hasta la ventana. Volar... Había sido maravilloso. Dándose la vuelta cuando escuchó a una de las enfermeras entrar en la habitación, volvió a sentarse en la cama.
"He volado."
¿Por qué lo decía? ¿No se había prometido a sí misma que no lo intentaría? Era inútil... La enfermera se limitó a sonreír con amabilidad y dedicarle unas palabras antes de salir de nuevo. Nada que no hubiese esperado. No tenían tiempo para ella, había muchos pacientes más a los que atender.
"He volado..."
Repitió sus palabras al viciado aire de la habitación. No había nadie que las oyese, nadie que pudiese juzgarla por ellas. Un día más... Un día más sin abandonar esas cuatro paredes que prometían encerrarla por más tiempo del que podía imaginar. Avanzando de nuevo hasta la ventana, apoyándose en todo lo que pudo, se sentó en aquel escalón que había en el alféizar. Estaba ahí para ella, para que pudiese mirar fuera y ver algo más que las mismas cuatro paredes cada día. Pero aquella vista ya nada podía ofrecerle. Abriendo la ventana, dejó que la brisa revolviese su cabello y acariciase su rostro. Si cerraba los ojos, así... Casi sentía que volaba de nuevo. Si es inclinaba hacia el exterior, así... Se sentía tan ingrávida como cuando se había elevado entre las nubes. Si se esforzaba un poco, podía sentir las alas de nuevo en su espalda, eliminando la necesidad de usar aquellas piernas que de tan poco le servían.
Cuando abrió los ojos, el abismo se extendía bajo ella. El vasto cielo se abría ante ella, sobre ella. Y supo lo que tenía que hacer. Dejándose caer, sonrió con auténtica dicha al sentir de nuevo el viento revolviendo sus cabellos, su ropa. Y su sonrisa dejó ver el placer que sentía al notar de nuevo que sus alas se extendían para maniobrar en el aire y elevarla de nuevo tras varios metros de caída. Hacía tiempo que no sabía qué era real. En algún momento las líneas del sueño y la realidad se habían difuminado tanto que no podía distinguir lo uno de lo otro. Y qué más daba, si podía sentir una y otra vez el placer de elevarse en el cielo
Qué más daba, si podía liberarse de las ataduras de lo terrenal y convertirse; por un momento, en el ser más celestial que jamás había existido.

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